Macho viejo (Reseña) Hernán Lara Zavala

Macho viejo (Portada) Macho viejo (Portada)

Ese inmenso mar de letras que nos inunda con sus propias delicias literarias, en el ir y venir eterno de sus aguas, donde por igual surca Homero llevando de la mano a Menelao hacia Helena; Melville, trepado en una enfurecida ballena blanca, ante el acecho del capitán Ahjab; Hemingway, cavilando junto a un viejo en una lancha, o mucho antes, el bíblico Jonás buscando la salida a su arrepentimiento dentro de las cavidades de un gigantesco cetáceo. Ese oleaje, de cresta alta y afilada, a semejanza de una pulida esmeralda, que nos deposita en la arena a Macho Viejo, y que al abrir sus páginas torna en una sinfonía marina con cantos de mar, vida y amor. Y como contraparte, el cielo mismo, siempre unido en belleza y libertad.

Macho Viejo, por ahí navegas y nos envuelves gozosamente a través de 46 relatos.

Confiesa que eres un médico que salva vidas y cura almas de hombres, mujeres… y animales, sí, como cuando en un acto de poesía pura coses el pico de un pelícano, al que antes bautizas con el nombre de Ciro, a fin de que retome el vuelo, pesque, coma, viva y sea libre por sécula seculórum. Y como si fueras El Bautista, Macho Viejo, diste nombre también a una venadita, ahora mejor conocida como Lucero, en medio de una transfiguración chamánica. Y llamas Trueno a tu imponente caballo, e Isaías a un pargo, del que luego te apiadas en su muerte y das amistosa sepultura en las profundidades, justo donde siembras una homilía del respeto a la vida, la flora, la fauna; o simplemente te encabronas, como Cristo contra los mercachifles en el templo, y organizas un comando de pescadores para cortar las redes imperiales de barcos atuneros que roban peces en un mar que no les pertenece.

Camina así tu destino al filo de un litoral que se desdobla en montañas pródigas en paisajes, amoríos, riesgos, peligros, sacrificios… y orgasmos, como ese portentoso cauce de libido que desemboca en Rosa, tu mujer, no exento de otras afluencias eróticas que les bañan a plenitud, o el pasmo que te invade cuando la descubres hermosamente encumbrada como si se tratara del caballo de Troya, para constatar que será tu esposa para siempre. Macho Viejo supo hacerse amigo de los peces, efectuar operaciones prodigiosas, disfrutar de la contemplación del mar, dormir con sueño, comer con hambre y hacer el amor con ganas, pero un día siente que el espíritu de la juventud y la mejor parte de los placeres se le van escapando. Sabe que hay un cangrejo agazapado dentro de nosotros y algún día puede atenazarnos, y que en todo caso a la muerte no le faltan recursos: el machete vengativo, el accidente brutal, el tiburón sigiloso, o simplemente, que las apáticas estrellas se olviden de nosotros.